viernes, 8 de agosto de 2003

Séptima etapa


El séptimo día me esperan pocos kilómetros. Arranco a las 7:45, cada día más temprano, pero la carretera, aunque muy bonita, va estrechándose y retorciéndose progresivamente, y está mojada por algunos tramos, hasta llegar al Col de Chioula, que menos mal que lo paso de día, porque carece completamente de señalización, ni vertical, ni horizontal. Una raya discontinua desde que empieza a subirse hasta que se termina de bajar es lo único que nos orienta. Es el único puerto que se me ha atragantado, y eso que solo tiene 1431 m. de altitud.

Al llegar a Ax-les Thermes pensaba que iba a aligerar el ritmo, pero entre las obras de la carretera y la cantidad de franceses que van a comprar a Andorra, el camino hasta Pas de la Casa lo hago en caravana, sin poder disfrutar de la subida. Me extrañó ver una señal de “peligro vacas” y no le dí mucha importancia, hasta que a la salida de una curva me encontré una cruzando la carretera. Gracias a San Telelever y a San ABS, y a la anchura de la carretera, que me permitieron reducir la velocidad y esquivarla.

En la cima de Envalira (2407 m.) me encuentro dos motos clásicas, de los años cincuenta o sesenta, de unos 125 c.c., y me dispongo a hacerles una fotografía cuando llegan sus propietarios, que resultan ser un matrimonio de franceses sexagenarios que recorren la zona, cada uno conduciendo su moto. Hablo un poco con ellos y les informo de la exposición de clásicas de Canillo, cosa que desconocían. Me admira su espíritu y me doy cuenta de que para vivir un viaje-aventura en moto no hace falta tener ni la máquina más grande, ni la más cara, ni la más rápida, solo hacen falta ganas.

Continúo el viaje bajando hasta Canillo. En el Edificio del Telecabina está ubicada la 2ª Muestra de “motos para el recuerdo”. Antes de entrar desayuno en la cafetería, y me llevo la primera sorpresa agradable, me cobran un euro y poco, yo ya estaba acostumbrado a los precios de más al norte.

En la planta de la entrada hay una sección dedicada al centenario de Harley-Davidson, así como unas interesantes motos de la primera mitad del siglo pasado. En la planta siguiente me gustó mucho la exposición de BMW, desde una R32 de 1923 hasta una actual R1150R Rockster, pasando por la primera moto de la policía andorrana, una R50. En la planta alta está muy bien dispuesta una sección de motos de campo, entre las que encontré una Sherpa igual a la primera moto que tuve. La presentación de las motocicletas y, en general, de toda la exposición, es impecable, ayudando también a dar una buena imagen, la singularidad del edificio que las recoge.

A mediodía, después de llenar a tope el depósito, para no perder tiempo al salir mañana, busco un hotel en el centro de Andorra la Vella. Después de descargar y subir trabajosamente todo el equipaje hasta la habitación, sufro un ataque de claustrofobia, sin duda mi organismo se ha desacostumbrado a los espacios cerrados, así que vuelvo a bajar a recepción para decirles que me voy. Me instalo en una terraza del Camping Valira, desde la que disfruto de una magnífica panorámica. Con sólo 158 kms. recorridos dejo descansar hoy a la moto.

Como en el restaurante del camping, costándome trabajo acabar con todo, mi estómago se ha habituado a comer pequeñas cantidades a lo largo del día.

Por la tarde me dedico a recorrer las numerosas tiendas de artículos motociclistas y a comprar algunos regalos. ¡Uff, que caló!

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