

Empezaban los años setenta, viviendo yo en Higuera de
A lo largo de treinta años, he tenido varias motos, cruzando frecuentemente la península, rodeándola, con breves incursiones en el sur de Francia y norte de Africa, casi siempre acompañado. Pero tenía pendiente el viaje a las tierras de aquellos motoristas y decidí que ya era hora de hacer realidad este sueño.
Fijé el destino en los Alpes, y durante dos inviernos estuve preparando el viaje. Leía y releía los “viajes aventura” de SM 30, buscaba en internet, trazaba itinerarios en el mapa, y me trabajaba las rodillas en el gimnasio, pues una dolencia me impedía soportar mucho tiempo encima de la moto. Por otra parte quería dotar al viaje de cierto contenido cultural motociclista, así que empecé a informarme sobre los museos de clásicas que podría visitar.
A primeros de junio tenía el programa definitivo. Fijé ocho puntos a recorrer en unos diez o doce días: cuatro museos de clásicas, Cifuentes, Sils, Canillo y Basella, para rendir homenaje a las máquinas que despertaron en mi esta afición, y cuatro puertos de montaña, Petit Saint Bernard, Grand Saint Bernard, Furkapass y Envalira. La moto estaba a punto, con las cubiertas nuevas y los aceites limpios, solo faltaba dar el pistoletazo de salida.