jueves, 31 de julio de 2003

Un sueño



Hay sueños que se engendran durante la infancia y permanecen latentes en nuestro interior durante toda la vida. Algunas veces se resignan a seguir siendo sueños, pero otras luchan por convertirse en realidad.

Empezaban los años setenta, viviendo yo en Higuera de la Sierra (Huelva), en la travesía de la carretera Sevilla-Lisboa, ruta que tomaban los escasos motoristas ruteros que viajaban a la zona más occidental y meridional de Europa. A veces paraban a descansar y a tomar un refrigerio, lo que me permitía examinar sus sobrecargadas monturas e intercambiar pequeñas frases con ellos. Entre las motos, las más frecuentes y las que más llamaban mi atención eran las boxer BMW.

A lo largo de treinta años, he tenido varias motos, cruzando frecuentemente la península, rodeándola, con breves incursiones en el sur de Francia y norte de Africa, casi siempre acompañado. Pero tenía pendiente el viaje a las tierras de aquellos motoristas y decidí que ya era hora de hacer realidad este sueño.

Fijé el destino en los Alpes, y durante dos inviernos estuve preparando el viaje. Leía y releía los “viajes aventura” de SM 30, buscaba en internet, trazaba itinerarios en el mapa, y me trabajaba las rodillas en el gimnasio, pues una dolencia me impedía soportar mucho tiempo encima de la moto. Por otra parte quería dotar al viaje de cierto contenido cultural motociclista, así que empecé a informarme sobre los museos de clásicas que podría visitar.

A primeros de junio tenía el programa definitivo. Fijé ocho puntos a recorrer en unos diez o doce días: cuatro museos de clásicas, Cifuentes, Sils, Canillo y Basella, para rendir homenaje a las máquinas que despertaron en mi esta afición, y cuatro puertos de montaña, Petit Saint Bernard, Grand Saint Bernard, Furkapass y Envalira. La moto estaba a punto, con las cubiertas nuevas y los aceites limpios, solo faltaba dar el pistoletazo de salida.



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